Sin Ataduras

Roberto Sánchez (in memóriam) | marzo 27, 2010

Si el unísono pesar ya nos lo consiente, podría yo ensayar estas líneas, asimismo, imposibles.
Nuestro mayor escritor comprobó que saber cómo habla un personaje es saber quién es; descubrir una sintaxis peculiar, es haber descubierto un destino (esto me lo reveló el poeta Carlos Blasco).
¿Cómo hacía hablar Sandro a los personajes de sus canciones? Imaginemos un hombre que componga esos versos conversacionales desde la segunda persona gramatical: predestinada al fracaso de la incomprensión, en esta comarca del atlas, la empresa.
He olvidado dónde leí que un hombre no aspira a ser comprendido por todos, sino por unos pocos.
En nuestro dialecto impertinente, propenso aún al voseo torpe, confianzudo y autoritario, aquel hallazgo, nada novedoso, nos permite mirar otro, el léxico por el que sus versos aciertan: afín a lo hispánico, lejos de lo exornado, de estilo menos que culto pero sin rebajar a la poesía “popular” que abusa de sinónimos y rimas de diccionario.
Sus baladas aciertan no sólo en calidad estética, sino en el tono, el ritmo y la sonoridad que, creo, toda buena obra poética debe tener.
No es casualidad: Sánchez era músico y, además, un buen leedor, actividades que los maestros de veras aconsejan degustar a quienes quieren deleitar en las artes de la oralidad.
Quiero elegir una composición, no la que más me cautiva sino la más ecuménica, la más universal: dos personas que se aman y hay un impedimento —cuya índole no interesa— que termina por vencer o convencer la fuerza de ese sentimiento: Romeo y Julieta, Tristán e Isolda… y otros tantos consorcios amorosos que la buena literatura se empeña en recobrar.
Tomemos prestada una escena, la de un hombre sentado a la mesa de un café, cerca de la mujer que ama o que cree amar, con una reciprocidad indiscutida; ella también lo ama, o cree que lo ama de la manera que se siente amada.
A pesar de la intimidad que hay entre ellos, no están solos y, por eso, no pueden hacer patente ese sentimiento.
El narrador toma la voz y nos hace cómplices poéticos —dispénsenme mi incapacidad de presentar de modo mejor— de lo que está sucediendo:
‘Por ese palpitar/ que tiene tu mirar /yo puedo presentir/ que tú debes sufrir
Detengámonos en esta imagen, porque un campo sensorial como la visión puede rendir su máximo provecho cuando otro puede hacerlo.
La palpitación, atributo casi exclusivo del corazón, nuestro personaje no lo carga a la mirada, sino al “mirar”, es decir, a la acción coetánea de los ojos, lo que nos persuade de que está contemplando el rostro de la mujer y puede intuir que además del amor, ella sobrelleva, a su modo, el padecimiento que los hace igualmente parejos:
‘igual que sufro yo/ por esta situación/ que nubla la razón / sin permitir pensar
le impide razonar con claridad y, ese fenómeno natural, borrascosamente amenazador, lo resalta con una prohibición; quiere obrar el impulso, no la voluntad.
Entonces se pregunta cuál será el desenlace de la situación que antes nos insinuó y ahora nos hace evidente:
‘En qué ha de concluir/ el drama singular/ que existe entre los dos/ tratando simular
‘tan sólo una amistad/ mientras en realidad/ se agita la pasión/ que muerde el corazón
Ambos están impedidos de amarse; tratan de fingir, es decir, no es una simulación> completa, acabada, perfecta; es una amistad insincera para los demás, no para ellos, pues el drama ahonda en una circunstancia real que los obliga a simular.
Detrás de ese velo está la verdad que excita el alma y que además los convierte casi en animales, presas de lo instintivo: la pasión se personifica, se agita, muerde el centro del Ser, casi como una tentación bíblica que no les deparará, innegablemente, ni el paraíso, ni el purgatorio.
El narrador hace notar que está obligado a callar, a no poder referir aquello que quiere expresar; pero a nosotros, sus cómplices, nos lo confía: yo te amo… yo te amo.
Pasemos ahora a la segunda estrofa, a la que creo más lograda de toda esta composición:
`Tus labios de rubí/ de rojo carmesí/ parecen murmurar/ mil cosas sin hablar
Al oírla, cambia la modulación, el cantor le insufla un éxtasis en que el tono animoso condice con el cromatismo del espectro visual; tendemos a pensar en rojo.
Arriesgo a señalar, sin embargo, que la tremenda fatalidad de esos labios no está en su preciosidad ni en su rojura sino, más bien, en su dureza, en su frialdad casi pétrea, visto que más tarde nos declara que ostentan el rojo, pero no cualquier rojo, sino el rojo del carmesí: lo concreto se abre paso por sobre lo abstracto.
Y esa rigidez está dada porque los labios no hablan, no susurran; ni siquiera musitan, ni si quiera murmuran, sino que parecen murmurar mil cosas, una infinidad de cosas, nada menos que en silencio.
Únicamente un poeta pudo plumear unos versos de esta eficacia.
Ahora el narrador nos dice dónde está y qué lo afecta:
‘y yo que estoy aquí/ sentado frente a ti/ me siento desangrar/ sin poder conversar
hay proximidad física pero hay limitación humana; no puede saber qué siente Ella, pero confiesa que si bien él no está muriendo —lo que sería inverosímil— siente que se desangra ―lo que es creíble―, siente que se debilita, siente que está perdiendo el vigor para mantener vivo aquel pacto tácito que a su hora les permitió estar juntos.
No se resiste al designio y procura reflexionar qué diría si le pudiera hablar:
‘tratando de decir/ tal vez será mejor/ me marche yo de aquí/ para no vernos más
‘total que más me da/ ya se que sufriré/ pero al final tendré/ tranquilo el corazón
‘y al fin podré gritar/ yo te amo/ yo te amo/ yo te amo
El final. Uno debe declinar; acaso lo mejor, lo visiblemente mejor, sea que uno parta para dejar en manos del azar otro encuentro casual, el personaje no es activo: el que ha perdido todo, mucho tiene por ganar y, frente a ese previsible sufrimiento del distanciamiento físico con el ser amado, el personaje que sufre por amor se consuela en lo que antes no pudo decir y que, en la soledad, sí podrá gritar (Loin des yeux, près du coeur).
Curioso es que lo diga tres veces. Ya sabemos que la trinidad suele dar perfección a la naturaleza de todas las cosas.
Columnista: Alejo Stopancky – Especial para Sin Ataduras
Río Negro – Patagonia Argentina
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