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Los huérfanos de la guerra AFGANISTÁN: Viaje al corazón de la droga | marzo 27, 2010

La ofensiva se intensificó en los últimos meses con la llegada de nuevos efectivos: entre abril y agosto del año pasado EEUU desplegó 21.000 militares suplementarios en las provincias de Helmand y Kandahar, y ahora se espera la llegada de 30.000 más. Y también en los últimos meses, casualidad o no, el número de huérfanos ha aumentado.
El director del orfanato de Lashkar Gah -la capital del Helmand-, Haji Abdul Kasom, declara que en el último medio año han recibido a 30 niños, casi el mismo número que ya tenían.
El orfanato cuenta ahora con 75 criaturas y ya no hay sitio para más. Los que se queden sin padre o madre a partir de ahora tendrán que buscar otro lugar.
“También tenemos a 25 niños y niñas que sólo vienen durante el día y pernoctan en otro sitio”, detalla. Es la única solución que han encontrado a tanta demanda.
En el orfanato sólo hay niños. No porque en Afganistán no haya niñas huérfanas, sino porque no se acepta socialmente que las niñas pernocten fuera del hogar familiar.
¿Quién velará por ellas? ¿Quién garantiza su dignidad? En Afganistán las niñas a menudo son entregadas en matrimonio a hombres que les superan de mucho la edad, a cambio del cobro de una suculenta dote y a pesar de que lo prohíbe la ley.
Sólo 10 niñas acuden al orfanato, pero durante el día, aclara el director. Al atardecer, se van a casa de algún familiar.
“Mi hermano me trajo aquí”, es lo único que acierta a decir Abdul Rauf, de siete años, cuando se le pregunta por qué está en el orfanato. Llegó hace 10 días.
Es el niño que aparece en la fotografía con la cabeza tapada. Dice poco más y se muestra avergonzado, como si fuera su culpa que él hubiera acabado en ese lugar. Su padre murió. Tiene cinco hermanos y hermanas más, pero a ellos no los llevaron al centro.
Escasos recursos
La reacción de los otros niños es similar. Shirin, de 11 años –a la izquierda de la imagen, de pie y con camisa marrón-, también clava la mirada en el suelo cuando se le pregunta y casi hay que arrancarle las palabras para que diga algo.
“Mi madre me dijo que tenía que quedarme aquí para estudiar”, murmulla al final. De eso ya hace dos años.
A Ali Sha Mohammad, de 12 años y que llegó hace dos meses y medio, su padre también le argumentó lo mismo: que tenía que estudiar y que el orfanato era el mejor sitio.
El niño no puede caminar como consecuencia de una poliomielitis, se arrastra por el suelo como puede y se queda apartado, en un rincón de la habitación, cuando la periodista toma la fotografía.
“Mi madre murió”, continúa explicando, “vivíamos en un campo de desplazados”.
También cuenta que tiene tres hermanos pequeños que poco ayudan en casa, pero su padre se quedó con ellos y a él lo llevó al orfanato.
El director del centro se queja de que no tienen libros ni material escolar alguno para los niños, que tampoco disponen de suficiente agua, y de que la comida que sirven no es la mejor.
En el orfanato, situado en una región famosa por su gran producción de opio, trabajan 16 personas durante el día, y sólo un cuidador y un guardia por la noche.
Las dependencias del centro, no obstante, están francamente bien: las habitaciones son amplias, y las literas y la ropa de cama parecen limpias y nuevas.
De hecho, el centro se inauguró hace poco más de un año. Pagó por él el Equipo de Reconstrucción Provincial de Lashkar Gah, formado en parte por los mismos militares extranjeros que hacen la guerra que dejó huérfanos a estos niños.
Por Mònica Bernabé
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